Vera

Hace calor, pero igual estamos frescos: recién duchados, el pelo nos moja las remeras. Ellas se acomodan el pelo largo en dos mechones que van a parar con toda su humedad exactamente sobre las tetas y entonces se les notan. Pero yo ni loca… ¿Por qué son tan taradas? Esperamos para almorzar. Pero algunos quieren comeeerrrr… ¡Son desesperados! Yo me tiro sobre el árbol, mejor si me quedo quieta, así se siente menos el hambre y se banca. El sopor del mediodía queda del otro lado y solo se sabe de él por las manchas que caen del revés de las hojas. Debajo de ese arbolote, parecen como hamsters… pequeños roedores inquietos, se ponen fastidiosos, el hambre no los deja darse cuenta de la modorra de la pileta. Pero yo me concentro en la flojera de mis brazos estirados… y de mis piernas estiradas… y, entonces, no me tortura esperar. Andan, por ahí, haciendo saltar abanicos de arena -que me llega y me limpio y nada más los miro: a ver si entienden; se dan latigazos de arena para después protestar con un montón de gritos. Dibujan sobre las baldosas separando la arena con la punta de las zapatillas: las mías son Flecha, no Adidas, porque en mi casa no tenían guita este verano. “Flecha va en tu mismo sentido”: mi hermano actuó en la propaganda y les pidió un par para mí. Se cuelgan de las ramas como si fueran travesaños de esos trapecios de circo, y se quedan un poco sin aire de tanto estirarse pero hinchan el pecho y les da risa y entonces se caen. Después se miran que tienen las manos un poco arañadas. Albertico, en cambio, está lejos y de frente a mí: se saca la remera, la estruja y se la cuelga sobre los hombros al sol. Va a tener que ponérsela igual en un rato, porque no van a dejarlo entrar al comedor con el pecho así, descubierto. Y del otro lado de la vereda todavía no abren.

Una de ellos los llama a los gritos, es una chica grande. Más grande que yo, bah. ¡Valentina!: cara de asco extremo, agite de brazos como manijitas y zapateo subiendo alto las rodillas -el culito siempre para atrás y para arriba, claro- y más altas las zapatillotas en la punta de sus piernitas de Olivia, revoltijo -con tanto salto de atrás para adelante- del pelo que choca a veces con las puntas de los dedos. Bruna la mira y me mira con aire de vamos a resolver esto. Está loca si piensa que voy a moverme. Los pibes se apartan a medida que Bruna se adelanta sin apuro. Al pasar por una rama baja, arranca una hoja bastante grande, -ahora estamos todos junto al tronco porque, al final, me vengo- y levanta empujándolo suavemente un bicho: grueso o más delgado según cómo se mueve, verde, gusanoso, con unas pintitas casi amarillentas. Es una canchera, Bruna. Cuando tira ¡e-sa-co-sa-re-pug-nan-te! a un costado en la canaleta, Valentina la gritona se calma y dos pibes la siguen y andan detrás de ella, digamos que cargándola, así que vuelve a gritar, con otro tono… pero ahí ya nadie se mete a ver qué le pasa. Yo los sigo con la mirada a los tres un rato: pasan por los rosales y terminan en las hamacas; muy romántico pero aburrido.

Me saca de la melancolía que vemos a uno de los empleados de la cocina desarmar la cadena con candado que nos condena al otro lado de la puerta de vidrio de la entrada del comedor y todos empiezan a movilizarse pensando que nos dejan pasar. Pero una vez que entra, no nos hace seña y cierra –sin cadena- y baja, como si no tuviéramos nada que ver con él. Lo cual -diría Bruna- es una verdad a medias. Pero verdad, al fin -digo yo, que no me banco mucho que se haga la superada.

Igual, me acuerdo y, como si la comida fuera un asunto menor, me corro caminando en cuclillas. Que piensen que parezco un pato, pero se siente un movimiento animalesco y atlético como el de un joven cazador de taparrabo y lanza en la selva. Atisbo desde el borde de la canaleta pero como si fuera a una profundidad y busco esta sensación de vértigo: ah, ah… no le encuentro los ojos, se pone interesante: no le encuentro la boca tampoco, mide más de lo que me imaginaba y ya se alejó bastante de la hoja asignada como territorio: me asombra: Albertico está al lado… casi demasiado al lado… Y me muestra, sobre la hoja a punto de… pero sin apoyar alguno de sus dedos largos y húmedos -porque señala con esa mano no muy grande y suave, que casi pende pero que se sostiene lo suficiente para no mojarse en la baba-, despacio, muy cerca del rastro que deja… me muestra por qué se llama ba-bo-sa. Con que a eso vino… A explicarme sobre el bichito este de morondanga… Satisfecha, me aparto con movimientos lentos, igualmente calculados: me yergo con la fuerza de mis muslos, bien derecha, sacudo las manos que tuve apoyadas en el cemento. Paseo mis ojos a lo lejos, resoplo. Me sigue mirando desde abajo con esa sonrisa en los labios. Encima tiene labios carnosos. Y nunca me va a dar bola, así que… Después, algunos que saben empiezan una discusión sobre si es o no eso lo que se convierte en mariposa, pero esto cuando entramos al comedor, ya.

Ahora sí que van a tener que aguantarlos: corren a las mesas a pelearse por las sillas y, en realidad, por al lado de quién van a quedar. Nunca me sale bien esto. Y otra vez termino en la punta, tratando de seguir los cantitos de lejos, pero sin entender cómo o quién los encadena “eoé salchichas con puré eoé salchichas con puré”… “¡queremos comer!: sangre cuagulada revuelta en ensalada, vómito caliente…” y ahí, como siempre, me confundo con la de los actos, la que canta la desgraciada a la que le toca hacer de negrita de “las mazamorras calientes para los niños sin dientes”. Y aprieto los labios, más me vale callarme porque me voy a comer una gastada. Pero sirven ravioles con estofado. No están nada mal. Comen rápido y empieza la guerra de miga de pan y tapitas de gaseosa entre las mesas, que están todas pegadas en filas larguísimas y que se ven como miles de filas. Así que se regodean en el escándalo y se hacen dueños por fin del comedor; vienen los profes y nos gritan a todos y nos dicen que no tiremos comida y que no vamos a ir a pileta a la tarde. Pero para eso todavía falta y los pibes tienen clarísimo que para esa hora ya se les pasa la bronca a los profes, que tienen clarísimo, en realidad, que es el agua lo que calma a las fieras. Y la música, sí: qué manera de cantar “sal de ahí, chivita, chivita, sal de ahí, de ese lugar… hay que llamar al agua para que apague al fuego, el agua no quiere apagar al fuego, el fuego no quiere quemar al palo, el palo no quiere pegarle al lobo, el lobo no quiere atrapar a la chiva, la chiva no quiere salir de ahí”. Sí, pelotudeces… Pero ¿y yo?: flor de pavota, que vuelvo por mis fueros y me acuerdo de Moreno que tenía tanto fuego que hacía falta tanta agua…

Lo que falta es “la siesta”, que a esta altura ya no hacemos: los chiquitos sí duermen. A nosotros nos dejan como queremos y vamos a tomar mate. Casi siempre los pibes juegan al truco o al tute. Algunas veces conceden invitar a alguna de nosotras. Casi siempre, para eso, califico. Porque me la banco. Y miento. Algunos van a ver la tele a una especie de living, donde hay gente grande, los que se creen chetos van, pero el resto les enrostra que es una estupidez estar en el club y hacer las cosas como en la casa de uno. Así que a ver la tele van nada más que los chetos con mucha hambre. Otras veces nada más charlamos en el Patio de los Naranjos, que no es un patio sino una especie de calle, con baldosas como las de las veredas de Mendoza, que las viejas lustran con querosene, rojas y de cuadraditos, con bancos de plaza a los costados, y que va del quincho, que está cerca de los frontones y de las canchas de tenis, hasta las de voley y basquet. Los árboles son enormes y por eso siempre está bastante fresco.

Este día los pibes ¡entienden! que a las chicas se les ha dado por la charla de mujeres. Nos juntamos bajo el retoño del árbol de San Martín. Oh sí. Pero no es un retoño porque es un árbol enorme, centenario ya, que ha crecido de un gajo de otro que había plantado San Martín quién sabe donde y tiene una placa de bronce que dice eso. Y yo digo retoño y me imagino algo chiquito, un gajo. Aunque sé que un retoño y un gajo no son lo mismo. Pero me lo imagino así igual. Por eso, para mí es una cosa rara que le digan a tremenda cosa “retoño”. Acá hace más calor pero debajo de la sombra del árbol no tanto y es el lugar más recatado, porque está en el medio del patio que bordean los dos edificios de vestuarios de adultos y que se cierra en la escalinata de mármol que lleva a los salones, de baldosas como un tablero de damas: una negra una blanca y en diagonal: donde se practica esgrima. Detrás del árbol, las piletas. Las más comedidas y veloces ganan su lugar en el zócalo de adoquines que contiene las raíces de su majestad. Es un ceibo, encima.

La charla no parece muy trascendental, o sí. Es efectivamente una charla de mujeres, al principio: la cosa son “esos hombres” por oposición al tema anterior “los pibes”. Pero en un momento empieza una discusión, bah, parece que es una discusión. Y todo por la Colorada, que es la verdad un poco mandada la parte, pero en fin, está bueno lo que cuenta. Ese sí que es un tipo interesante. A las otras les gusta cada tarado. Cuenta y yo me lo imagino un hombre atractivo pero un poco recio, con algo de barba, porque en su situación no debe poder afeitarse; un hombre de gabán, como el de la canción de Pedro Navaja que escucha mi hermano, en ese casete que me mandan siempre bajar el volumen; un hombre de gabán, con costuras secretas… debajo de la solapa, para esconder la “cápsula”, que debe ser como esas que toma mi viejo para no rayarse, pero esta es por si no aguanta; un hombre de gabán con costuras secretas debajo de la solapa para esconder la “cápsula” esa por si no aguanta, porque no va a delatar. No hay que delatar, la verdad que si delata no vale nada imaginárselo. Y una que dice que no es “delatar”, que es “no ser cómplice”. Pero yo no me la banco y le estampo que si no entiende nada, que no es ser cómplice, porque es un compañero de ellos. Y que con eso la cosa cambia. Además es el tío de la Colo y ella le dice, clarito, que está bien que el tío se la banque: si tenía que matarse es preferible eso a que los maten esos a él o a uno de sus compañeros. Así que hace un montón que no lo ve. Me lo imagino, la Colo tiene razón: resistiéndose tenso, orgulloso, el pelo no muy corto y desordenado, a esa altura, sacudiéndose los monos con los codos y la cabeza, porque quieren meterlo en un auto a la fuerza las bestias, y le tapan la cabeza con una capucha: para que no vea adónde lo llevan será. Les contó un vecino solo, a la noche, a los padres y ella no tiene que saber pero escuchó a escondidas el domingo en la casa, así que es verdad. No se lo dijeron a ella para engrupirla. Y eso que yo pensé que no me la tragaba del todo… La verdad que estuve mal. Igual, siempre me gustó el pelo de la Colo, rojo anaranjado, un poco crespo, con muchas ondas, y corre bien, es una atleta. Y es una pavada que las otras le discutan, le digan que es mentira, que lo de la pastillita no es para matarse y que no le crean que el tío lleva una pistola. Claro que debe llevar arma. Mi padrino también tiene una escondida, porque tiene guita y lo amenazaron que lo quieren secuestrar los zurdos. Y mi prima, la hija, que es como mi hermana, sabe dónde está el revólver, en un armario, tapado, y en otro mueble detrás de la colección de botellas de whisky, las balas, y también los paquetes con plata en otro lugar, que nunca hay que decir a nadie (otros lugares, bah, porque son unos cuantos paquetes, de dólares). Y nosotras también vamos a escondidas a mirar la pistola a veces, y no tenemos miedo porque nos la bancamos, mientras los grandes hablan después de la cena. Así que yo le creo. Y se ve que le cree también Bruna, que me mira y que es mi prima.

 

5 pensamientos en “Vera

  1. Curioso, Vera a veces me hace acordar a mi.
    Vera, Vera…que hermosa canción de Pink Floyd.
    Vera…
    Que bueno lo que acabo de leer, me gustó mucho. Esta muy bueno como retrataste varios personajes de un grupo de compañeros jóvenes. Los pibes ¡entienden! jajaj te imagino leyendo esa parte, no se por que.
    Quiero que siga, lo último me pareció una introducción a lados más crudos de la vida, reales, doloros. Y contado por este personaje me lo imagino muy interesante…
    Vera, Vero…solo las diferencia una vocal! quizás no soy la unica que tiene un poco de vera, jaja.

    Ahora que lo pienso detenidamente, desconozco si Vera es quien relata la historia. Me gustaría que si, pero como todavía no terminó, nunca se sabe…
    Entonces mis comentarios que incluyen a Vera se refieren a la que cuenta, cuenta, cueeeenta…Tenga o no ese nombre.

    La palabra gajos me da sed.

    Un beeeeso, Vero!

  2. Ay, Martina, qué lectura de lujo, por favor. Me provoca tantísimo: primero, esto de que busques una continuación… ¿Habrá secuela? Ya te enterarás, eso seguro. Luego, que no le creas a la voz de Vera, y… comprendo que tomes tus precauciones.
    Gracias, gracias enormes. Ah, perdiste tu distancia: ahora quiero que leas todo todísimo.

  3. Qué bueno lo que acabo de leer, Veronica.
    Me quedé enganchado al final, que me gustó mucho.
    En el próximo rato libre te sigo leyendo.
    Saludos;
    Diego (argra)

  4. recordé algún momento en Villa Allende y en la foto de grupo un compañero después desaparecido.
    poesía o prosa, lo que queda es la sensibilidad
    Auguri!!
    Daniel

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: