Kermese, de Geno Díaz

Que el gusto es una marca registrada de clase que afirma, sostiene una suerte de naturalizada selección acerca de los que debemos ya no preferir sino concebir como arte y cada una de las artes… Bien. Hasta ahí yo entendía. Pero qué pasa/ba si hacemos la pregunta por la inversa. Hace unos años quería investigar el placer/goce/gusto relativo a aquellas obras que el aparato cultural burgués había echado al descarte. Yo suponía -supongo aún hoy- que aquello que a un bienpensante burgués le resulta desagradable o si no tanto, falto del aura que nimba de excepcionalidad, de lo inexplicable estético, ahí, podría encontrar/debería buscar yo otros motivos, otras formas, otras lógicas y órdenes que hablaran/en otra lengua/a los trabajadores/de sí mismos.

Hay varios puntos que hoy me cuestiono entre mis hipótesis de aquel tiempo: uno es que nada más ingenuo que suponer un paradigma de pensamiento realmente alternativo entre la identidad burguesa y la del proletariado.

Pero me quedó de entonces cierta desconfianza respecto de los criterios estéticos y de las teorías con las que se explican.

Así aquellos tiempos y de la generosidad ante mi inquietudes de una profesora que es una Maestra de esas que uno quisiera llevar siempre un sombrero puesto para levantarlo al nombrarla, Aída Rothbart, me dejaron los dos bolsos de libros que ella me regaló, entre los cuales estaba este, Kermese, que al fin leí este verano. El autor me resultaba completamente desconocido. Me preguntaron si se trataba del humorista. Ahora sé que sí y que lo había conocido sin saberlo a través de los libretos de los programas de Tato Bores. Se trata esta de su última novela, publicada un año antes de su muerte. Pero esto lo supe después de leerla. Hay mucha información sobre él en Internet.

Toda esta memoria y especulaciones pesaban mientras lo leía, por eso lo cuento aquí. Puesto que la primera intriga era justamente la de la aprendiz: ¿qué me habrá querido decir dándome este libro mi profesora?, ¿por qué sabría la que él guardaba algo de mi interés? Y ahora que lo digo me doy cuenta de que no es la única vez que encaré así un libro, buscando el regalo que me habían con la recomendación maestros que me los habían dedicado personalemente.

La danza campesina -  Pieter  Brueghel - artelista.com

Y encontré como quien recoge una y otra vez sus redes… deliciosas, cuidadosas, respetuosas y divertidas descripciones de oficios, las palabras del trabajo, su orden. El del sastre, el del panadero, el del lustrabotas, el artista plástico. También, de ciertos aspectos o tareas específicos de un oficio como el buen tirar la cerveza en los bares. Encontré esa mirada fascinada por la capacidad del hombre de producir, de construir, de intercambiar su obra. Y vi que era buena o gozosa.

Y encontré la acumulación desbordante de una palabra pensamiento del dicho, la sentencia popular, que quisiera fuera mía y que al mismo tiempo me descubría propia porque la reconocería pero quisiera fuera mía por qué yo no hablo así: Olga me preguntó, hablando de esto, si yo había conversado con los muchachos de cuestiones sexuales, me acuerdo que eso se puso muy de moda allá por los años sesenta, y yo le respondí que no me parece bien que los padres hablen de esas cosas con sus hijos, y entonces va ella y me pregunta si me enteré de que el fuego no se enciende más golpeando dos piedras, no te jode la tía, pero es que me parece que es como enterarlos de los episodios que suceden en la cama entre su padre y su madre regalándose placer como dos marranos, que no tiene nada censurable el hecho de que una mujer y su marido procuren darse gozo mutuamente, vamos, pero de esas cosas ya se van a enterar los muchachos por las suyas y en su debido momento, y siempre fue así desde que el mundo es mundo y las experiencias de Juan de nada le sirvieron nunca a Pedro, que cada palo ha de aguantar su vela y el hombre es como el cuchillo del sandiero que cala lo malo y lo bueno, y algunos que pueden hacerlo emplean a mucamas putillas para que sus hijos se inicien, o les consiguen a los muchachos la dirección de una señorita puta y le dan el dinero para que se paguen el desenfreno con la elementa y hasta los llevan en auto a la guarida de la individua, y lo único que sacan en limpio los muchachos es que amor de mujer y gracias de perro no se dan si no se les da, y yo no soy nadie para pretender que mis hijos me crean a rajatabla si les digo que con las mujeres hay que tomárselo con mucha calmita, que las tetas de ellas son frutos de locos que las miran muchos y las pruebas pocos, y me sospecho con cierto fundamento que si los muchachos calientes buscan mujer, del mismo modo y por las mismas razones las muchachas calientes buscan hombres y todo lo que hay que saber lo aprenden juntos desnudos y boca a boca en la misma cama ¡y a disfrutar! que en esta vida antes faltarán lágrimas que penas para llorarlas, y en cuestiones de hombres y mujeres quien se mte a aconsejar es un majadero perdido pues como decía el pobre Villuendas allá en Pontedeume “cada can lambe seu carallo” y si bies es cierto que el cordero manso mama de su madre y en todas las de la manada, también es cierto que el galán atrevido por las damas es preferido, y si una mujer es doncella lo saben Dios y ella y a partir de allí los hombres vamos perdidos y apesar de lo que diga Olga, yo no me desentendí de mis hijos…

Ahhh

Y encontré unos personajes que se solidificaban en su austeridad o se me desparramaban guarangamente o que iban dejando anécdotas, pedacitos de ideas como piedritas para recoger en algún camino del que no regresaban y se iban, se iban; y otros que tenían alas de una imaginación que se alimentaba a lo vampiro de las truculencias y fantasmales perversidades desde lo medieval a lo gótico, y unos que se ralentaban en una modorra contemplativa o en una altivez contenida de guapos barriales y unos que hablaban de más y unos tristes enloquecidos.

Hay una historia central que es la de los ciprianillos, pero fundamentalmente la de Osvaldo, el Ciprianillo padre. Y remontándose su tiempo y descendiendo hasta sus hijos, se puede recorrer la historia de nuestra ciudad desde las oleadas inmigratorias de fines del XIX hasta los ochenta del XX de escritura de la obra. Todo esto está sostenido en un realismo que pasa del verismo histórico que aportan las citas de los libros de historia de la colonia en que se hunde Osvaldo en su juventud, indagando acerca de los posibles tesoros de nuestra ciudad y nuestra América, hasta el pintoresquismo en la semblanza de los “tipos” del barrio de Mataderos. Pero además está el tío don Ignacio Calderón de Socuéllamo y Zamorano del Monte, que ha vivido ya más de dos siglos desde que llegara con los primeros adelantados y que sostiene su vida persiguiendo una lucha enconada contra la italianización de estas tierras. Esposo de Doña Clemencia que hace gala de su locura contando historias de parientes muertos en perversas circunstancias, y que se aparecen anunciados por renacentistas trastornos de la naturaleza. Doña Clemencia que es la reina de las flatulencias. Con estos dos personajes fantásticos se completa la caracterización de la realidad como una historia de estas tierras.

Y encontré en la antesala de cada capítulo una historieta; letras de couplets y pasodobles del repertorio de grandes cantoras; tangos lunfardos de Carlos de la Púa, Daniel Giribaldi, Nyda Cuniberti, Yacaré y Dante Linyera, poemas caneros de tradición oral y sonetos de autores de tango como Cadícamo; publicidades de productos muy cotidianos como la chocolatada Tody, de una casa de muebles del 37, de cigarrillos balsámicos del Dr. Andreu, de pastillas energizantes de uso masculino Virilinets, cuentos populares. No es de todo como en botica, sino una referencia clara a una historia de las voces populares con las que parece identificarse la cadencia de la palabra que narra.

Al calor de la primavera alfonsinista, la novela aspira a cierta totalidad y la consigue: no es una totalidad constituida sobre el ensimismamiento perfecto, cerrado, de la ficción sobre sí misma, sino sobre una memoria intensa de cada detalle, de las particularidades de un mundo, el nuestro, que quiere ser mirado y comprendido en cierta bizarra diversidad.

Y encontré que el título hace honor a la obra porque kermese es el título de Brueguel con el que, en el que, por el que Osvaldo el Ciprianillo, enloquecido de tristeza por el asesinato de su hijo, dentro de la clínica que de ningún modo es un loquero infame, pero sí es triste como su locura, se cura. El cuadro del que describe sus personajes, sus colores, su equilibrio dinámico, sus líneas, su composición, y su relación con la mirada que incita y que devuelve al mundo, a la vida, que saca del hospital. Y cuando él por medio de ese trabajo de contemplación se cura y sale y se reencuentra, también nosotros, porque la novela se termina.

Todo comienza con un epígrafe de Graham Greene que me hizo acordar de las impresiones de mi pareja sobre Dodoskaden de Akira Kurosawa, la de un mundo donde no hay con qué comprar lo que disfrace, distraiga o consuma el miedo a la muerte. Akira Kurosawa, quien hizo esta gran película que fue un gran fracaso de taquilla que casi lo entrega al suicidio, pero no.

Y encontré una obra de un escribidor que sin dar vueltas es el mismo Geno Díaz, concentrado en compartir su fascinación casi militante por el conocimiento de nuestra historia. Y encontré ese tipo de literatura como divulgación científica con la que las clases populares busca/ba/n apropiarse del capital cultural que se le veda a través de la educación. Y me encontré recordando a mi madre que como una furibunda armó una biblioteca para ganar lo que le robaron el día que no la dejaron ir más a la escuela. Y que devoraría este libro igual que yo pero más metódicamente, como estudiante.

Quién narra es un problema. Se trata de un escribidor, que pretende no confundirse ni un poco con la ficción, en el sentido de que se asume como alguien que investiga en la historia de un personaje que conoció en su barrio, al mismo tiempo que pertenece al mundo ficcional que representa. Pero separar el mundo de la ficción, del de la realidad, el mundo del escritor Geno Díaz respecto del que muestra el escribidor de su relato, es una pretensión de pseudorigor teórico inútil: el barrio y la ciudad que se van delineando a través de los personajes son claramente el Mataderos y la Buenos Aires del autor.

Y encontré que me conmovía y que no todo me cerraba como estructura y que no me importaba ni un poco por qué según unas teorías que aspiran a la totalidad de la literatura.

Yo había experimentado una totalidad quebrada, plegada, fuera de foco, contundente, filosa, alegre, inteligente, amorosa, llena de dolor. Y me alcanzaba. Me alcanza con eso para muchos días de mi vida, de mi memoria.

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