El sonido y la furia, de William Faulkner

La literatura norteamericana no ha sido lo mío. Puedo empezar a justificar esta afirmación idiota contando que durante mi adolescencia rechacé todo lo yankee como basura imperial, que aborrecí del inglés que aprendía todos los días de la semana y sus subproductos infraculturales, que los años universitarios me hicieron descubrir alguna belleza en su gramática y definitiva admiración por su anárquica y estética ortografía. Pero que aún allí la literatura esperó porque los profesores de “septentrional” me tocaron supuestos especialistas en Shakespeare, por eso daban como bibliografía sumaria El verdadero Shakespeare. Una aventura biográfica de John Dover Wilson. (¡JA! Ese título ya merece un aplauso. En fin.) O en alemana, por eso profundizamos en dos o tres poemas de Novalis. Se finí la literatura de al norte de España (?). Luego vino el cine, así que Paul Auster y Raymond Carver me resultaron nombres para empezar a desaznar mi placer. Pero aún así algo de la cultura norteamericana, de su lógica, de su espíritu siempre se me escapaba. Estupideces. Nada de esto es cierto. Si tuviera que realizar recorrido similar por las otras “literaturas”, ni la inglesa, ni la rusa, ni la francesa, ni la africana, ni la china, ni la árabe, ni la mexicana… (Ya entendimos…) sacarían de mi lengua ni muchos más nombres ni muchas más historias, tampoco. Ando pensando últimamente que ni la literatura belga ni la luxemburguesa son lo mío…

¿Qué son las literaturas nacionales? ¿Qué clase de identidad significan hacia el interior y hacia el exterior de sus fronteras?

Así que leo El sonido y la furia de William Faulkner.

Con esta culpa norteamericana que me caracterizó hasta su lectura, el prólogo me invita a ser ordenada. Un nombre indígena “chikasaw” merece ser buscado. Los indios norteamericanos se hermanan a los nuestros, supongo yo, no son el imperio sino sus víctimas. Más estupideces, la cosa es menos simple, claro. Y así me entero de que los pueblos originarios de norteamérica participaron mucho más de lo que sé que hayan participado “los nuestros” (nos pertenece sobre todo su desaparición, como otras), en las contiendas de los colonizadores, apoyando ya a los franceses o a los ingleses, ya a los respectivos bandos de la guerra de cesesión, en la medida en que eso les sirviera para sostener sus propias economías y luchas internas entre las diferentes tribus. (Nada de esto es la obra de Faulkner pero sí mi lectura -enciclopédica- de ella. Pero sí el prólogo pone cierto orden. Sobre todo pone el final. Sobrepone todo final como orden (¿hay otro posible?).

Mientras comienzo a leerlo me acuerdo de Cortázar, de su “Después del almuerzo”, de sus interlineados en algún capítulo de Rayuela. No se trata de un rastreo profesional de influencias porque son obvias. He vuelto, antes bien, a la sorpresa de mis quince, cuando descubría que podía reconocer “un Borges” como alguien a quien le gustan las pinturas puede reconocer un Mondrian o un Cezanne. Cuando empezaba a conocer eso del estilo. Que después se convirtió en la cita apócrifa bajtiniana “un estilo es un hombre”. Que después con Foucault (que se escribe -¿es?- parecido a Faulkner) sería “un autor”. (Cosa rara que luego se haya hablado tanto de la muerte del Autor con mayúscula, cuando justamente para su endiosamiento lo que moría, ahora en una extraña tergiversación nietzscheana, era el hombre con minúscula.)

El caso es que Faulkner tiene un estilo y es lo primero que noto. Bah, Faulkner… El sonido y la furia tiene un estilo. Mi autor por ahora es así de breve. Hay cierto aspecto estructurante en la gramática. Que separa la locura la corta la aparta del resto. Y hay unos estilos voces identidades. Que son modos de pronunciar, tonos que si preguntan, que si ordenan gritan o susurran hay que andar adivinando adjetivos uno al lado del otro sin comas como en hilera que uno tiene que recorrer más de una vez por descubrir la cadencia y los paréntesis. Que son frases no signos. De puntuación. Que hacen que uno tenga que volver. Varias líneas y varias otras. A revisar las jerarquías de lo que un amigo llamó los incisos. Que son divergencias, regresiones, los paréntesis, son del ritmo también. Y uno trata de entender esa estructura de la locura. Abandonad toda esperanza… Alternancia entre bastardilla y redonda… Claro. Es casi siempre un salto en el tiempo, en el tiempo del discurso, claro, que es la conciencia no en la historia. Y no siempre… Cambio de línea sin mayúsculas ni guiones como en un poema… Son voces en un diálogo… El de la memoria, el presente perfecto. Así los personajes, si ellos son las voces, se multiplican sobre sí mismos en cada réplica. Cada renglón son nuevos.

Marcas y marcas en el lenguaje devuelven al lector, bah, a mí… Una y otra vez sobre líneas, párrafos, capítulos anteriores. Y esa es la historia que se cuenta. Una historia delirante en que los personajes rebotan de una manera idiota contra dos o tres signos de historia. Signos como espejos que no dejan pasar más allá. Que hacen consciente la parálisis, enfrentan a ella y a su odio. Por eso no hay angustia. Todos saben todo, no hay tema desconocido. Hay un profundo dolor. Hay odio, violencia, hay un odio violento contra el propio dolor. Y no es un juego de palabras.

Es así que en la historia de cada personaje no hay más que dos o tres sucesos, tal como anuncia el prólogo. Por eso los títulos de los capítulos son las fechas de cuatro días, tres de los cuales son consecutivos, aunque se narren en otro que su orden. Porque hay un orden. Otro. Que deja instalada una voz no delirante. Que objetiva la historia desde el punto de vista de Dilsey, la negra-ley, ahora del lenguaje. Y ellos, los negros, perduran en la historia, en la voz que narra. Los otros son narrados. Sí, señor.

Interesante. Sobre todo en aquellos años en que fue escrito.

Pero a mí me interesó más todo lo que pasa antes.

Recuerdos de García Márquez y su La hojarasca. Porque acá hay asimismo tres voces, para cada una un capítulo, expuestas a través de la técnica del monólogo interior. Pero también por la referencia clásica a Sófocles. En el colombiano es Antígona y en el yankee, Edipo Rey obvio en el incesto que es más que otra cosa, la endogamia de su clase. La locura es peste que destruye y vuelve infértil el reino. Y no hay rey. El hijo es por definición el que hereda. ¿Qué hereda? Es una pregunta. Otra: ¿qué es un hijo ilegítimo? Mejor: ¿qué clase de monstruo es un hijo ilegítimo?

Pero Antígona también. La leída por Anouilh. En esa diferencia que define entre el drama y la tragedia (otro tema de García Márquez, claro). Aquí nada es sublime. El dolor, la crueldad, la vergüenza, podrían haberse evitado, sí, y ninguna justicia trascendente viene a explicar tanto castigo. Salvo para los negros. Que han visto lo primero y lo último. Que tienen el recuerdo del cordero y su sacrificio. Digo, tienen su sacrificio.

Por favor. No lea en esta novela que los idiotas y los negros dicen siempre la verdad. La herida con la que como un escalpelo este relato desvirga al lector es el dolor de que todos dicen la maldita verdad.

Faulkner, William. El sonido y la furia. Bs. As. Compañía General Fabril Editora (Los libros del mirasol). 1961. (Traducción de Floreal Mazia.)

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