Tormenta II

 

 

Los mil rostros de Doña Rosa: con el traste al aire, con el bajo vientre al aire –húmedo hoy por fin-, con las tetas al aire y sus extremidades como alocadas manecillas de un reloj de precisión, intermitentemente pálida lívida; rebotante, expirante, como una boya desde que la lluvia se hizo torrente y la calle, cauce.

El rostro único del linyera: con su lejana mediasonrisa de Joconda imperturbable, al paso cansino de la mediatarde llena de lluvia lo mismo que si llena de sol, con su lenta inquisición sobre las porquerías arrastradas por el torrente tempestuoso igual que sobre los desechos habituales de sus vecinos, acarició el perro que, nadando, le pasó por al lado como todas las tardes a la misma hora miasma.

El rostro transparente de esa buena pécora: de cara al cielo refleja acuática el patriótico celeste como si ella no tuviera que ver con nada, su torso tabla de una buena vez cumple una función debida y señala el horizonte. La pollera se le anuda y desanuda a los costados tomándose de ramitas, patas de silla, troncos de paraíso, vigas de camión: toda una hermandad de la madera.

El rostro apretado de Lázaro: con la fuerza que imprime a sus labios, a sus patas de gallo, a sus dedos índice pulgar y medio, a su cuádriceps, metatarsos y falanges de las piernas estiradas y alertas sobre el embriague y el acelerador, con todo no puede hacer arrancar el auto que compró hace tres días. Y empaña el vidrio de su ventanilla con el vaho de toda su energía disciplinada, ahorrada, despilfarrada.

Los dos rostros del pibe de al lado: el de su madre y el de su padre uno en cada ojo, titilando entre hipos mientras se hunde y no se hunde, mientras que aprende y que no aprende a hablar, a gritar, a llorar, a gemir. Perdió la remerita que le regaló la tía en la primera voltereta, los zapatitos que le regaló la abuela en la segunda, el pantaloncito como el de papá en la última. Y ahora se le ha ocurrido mirar hacia adelante y empieza a sonreír. Ya era hora.

El rostro ausente del gobernador. El rostro ausente del intendente. Los rostros ausentes de los concejales.

Todo ha quedado impreso en matices innumerables de vaporosas moléculas de agua que ahora se elevan, como un extático tapiz, hacia la memoria de la próxima inundación.

¡Y yo!: ¡que me había jurado no dar vuelta a mirar!

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