de esas virtudes fragmentarias

No

desprecio a los hombres

si

así

fuera

no tendría

ningún derecho

    ninguna

    razón

para tratar de

gobernarlos

    los sé

vanos, ignorantes, ávidos, inquietos, capaces

de cualquier cosa

para triunfar para

hacerse

    valer incluso

ante sus propios ojos

o simplemente

para evitar

sufrir

    lo sé: soy

como ellos al menos

por momentos

o

hubiera podido

    ser-lo

entre el prójimo y yo

las diferencias

    que percibo

son demasiado

desdeñables

    como para que cuenten

en la suma final me esfuerzo

pues para que

mi actitud

esté tan lejos de la fría

    superioridad

del filósofo como de la arrogancia

del César los hombres más opacos

emiten

    algún resplandor: este asesino

toca bien la flauta ese contramaestre

que desgarra a latigazos la espalda

de los esclavos es quizá un buen hijo

    ese idiota

compartiría conmigo su último mendrugo

Y pocos hay

que no puedan

    enseñarnos

alguna cosa Nuestro gran error

está en tratar de obtener de cada uno

    en particular las virtudes

que no posee descuidando

cultivar

aquellas que posee A la búsqueda

de esas virtudes fragmentarias

aplicaré aquí

    lo que decía

antes

voluptuosamente

    de la búsqueda

    de la belleza

sobre textos de Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar

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